Estaba desesperado. No estaba loco.
Solo, débil, aturdido. En el centro de la habitación, mirando a su alrededor para no ver la salida. Pero el no la tocaba, no la miraba siquiera, pero tenía totalmente claro que allí estaba, esperando a ser abierta.
La habitación era cuadrada, chica, fría, carecía de muebles, solo una pequeña mesita donde un florero rasgado guardaba una marchita rosa blanca. La única abertura era una diminuta ventana que permitía pasar un círculo de luz solar. Las paredes eran blancas pero agrisadas por la suciedad.
Esa habitación había sido diseñada específicamente para su salida.
La puerta era de una madera muy fina pero muy bien tallada y adornada y sin cerradura. Esa puerta nunca iba a estar cerrada. El picaporte estaba gastado por las incontables cantidades de manos que lo habían tomado, pero igualmente continuaba firme y práctico ya que ninguna de aquellas manos había necesitado hacer fuerza.
Llevaba en ese lugar solo unas horas, ya tenía hambre, sed. No sabía que había afuera pero no atinaba a pensar que ese cambio, esa salida le iba a brindar todo lo que necesitaba.
Tenía miedo. Miedo a salir. Miedo a algo tan simple como abrir una puerta.
Hay quienes dicen que aún esta allí, esperando la nada, que nunca superó su temor, su escases de valentía para salir de esa sórdida habitación y entrar al mundo.
