19.2.11

relato sobre la mañana soleada de una joven y su gato

Tengo ganas de escribir, pero pocas ideas para hacerlo.
Bueno, ahí va otra lamentable improvisación.

Majestuosamente el sol se alza sobre el horizonte como todos los días hace millones de años. Ya ha dejado de asombrarnos, y los deleites de belleza que genera, los reciben los que están despiertos en vano o los que buscan algún tipo de inspiración o consuelo en su defecto.
Como diría Libertad ante la pedagógica pregunta de por dónde sale el sol "a él no le importa, sale igual".

Los cálidos rayos acarician la suave tez de la joven que hace caso omiso a la sensación corpórea y continúa con el profundo sueño que la acoge tranquila en su cama. Da algunas vueltas que le proporcionan una comodidad aún mayor y un abrigo también mayor gracias a las nuevas vueltas que las sábanas dan sobre su espléndida humanidad.
El felino gris que yace acurrucado sobre sus pies abre los ojos y procede a estirarse sin preocuparse por el despertar que esto puede ocasionar en su dueña.
El roce de las pelos del gato sobre los tobillos de la muchacha logran en efecto despertarla. Sus pestañas se despegan lentamente y con la ayuda de sus puños y unos posteriores parpadeos, cosigue la abertura casi total de su matutina visión. Al instante, aunque con una mínima velocidad no menos efectiva, se despereza estirando sus brazos y piernas que terminan por salirse del colchón.
Luego de unas vueltas más, observa el reloj sin la preocupación que en cualquier otro día le proporcionaría el saber que ya son las 11 de la mañana. Se irgue sobre el respaldo y contempla la blanca pared que frente a sí la encandila con su resplandor.
Se para y maldice sin enojo a una pequeña miga que le pincha el talón. Esbelta y despeinada, camina hacia la ventana y desliza hacia los costados las translúcidas cortinas. Corre el primer panel de la abertura y sale hacia el balcón. Alza su mano para cubrir sus ojos de la luminosidad del astro rey y cierra los ojos al tiempo que respitra profunda y tranquilamente.
Da un paso más y se inclina sobre la baranda de hierro para mirar hacia abajo, hacia el cielo y a todo lo que la rodea.
No le urge el desayuno, su minino no le reclama alimento y el teléfono todavía no ha sido reconectado.
Poco a poco, el sol asciende hacia su zenit. El mediodía se abre paso y la mañana se guarda para otro día.
Ella ríe de nada, acaricia a su gato que hace unos segundos la mira por entre sus piernas, se vuelve hacia el departamento y prende la radio, donde el jazz de Nina Simone la hace danzar graciosamente sobre el parquet que en pocos días deberá abandonar.