Nadie en este lugar está más nervioso que yo. Ni siquiera saben lo que siento, lo que quiero decir. Todas las cosas que quiero gritar.
A unos metros, un hombre me da instrucciones que oigo a medias, les paso poca importancia.
La gente grita a mi alrededor, pero lo que más se escucha ocurre en la tribuna que se encuentra de frente a mí. Simplemente opaca incluso los gritos que se emiten a mis espaldas.
El sufrimiento se redobla con la satisfacción de mis contrincantes. Hoy yo no lo puedo gritar, estoy obligado a fingir. No me gusta. Quiero desbordarme en alaridos y saltos detrás del alambrado.
Sí, sucede. El estruendo frente a mis ojos es enorme y solo puedo ahogarme en mi propia alegría sin poder expulsarla. Contengo terriblemente todo lo que quiero expersar para aferrarme solo al colgante que aprieto en mi puño y llevo a mis labios. La letra O dicha largamente y mi responsabilidad me impide pronunciarla.
Pasan los minutos, ahora el grito es a mis espaldas, la felicidad se distribuye a mi alrededor mientras yo aplacom conscientemente mis emociones y soy aferrado por la bronca que a su vez no puede explayarse en insultos ni reproches.
El sufrimiento se liga al fastidio que me invade. Ni siquiera puedo estar del lado de los míos. Estoy a 50 metros de donde quiero estar.
Solo me consuela saber que estoy donde está Gimnasia.