Mirábanse uno al otro fijamente, más que nunca. El dorso de sus frías y cálidas manos nunca tan sensible fueron como en ese momento. Sus suaves rizos rubios ondeaban al viento, oscuros y lacios caían bajo la lluvia. La piel brillante y limpia quemaba bajo el sol como aquella que húmeda goteaba sobre el asfalto.
El vestido antiguo, holgado flameaba poéticamente y acariciaban el pasto de la pradera mientras empujaba los papeles que, desordenados, caían de su portafolio.
Su sonrisa triste se confundía con las nubes así como se perdían sus lágrimas entre las gotas de lluvia.
Mirábanse, fijamente, a los ojos, al horizonte. Lejos. Nunca tan cerca.