10.6.10

El hombre de yeso

Ahí está el hombre de yeso. Sin pupilas en los ojos, sin dientes en su boca, con los oídos tapados.
Pero mira, pero habla, pero escucha.

Andá a saber. Quizás mientras nosotros lo observamos de arriba, de abajo, de perfil, lo copiamos mal, lo copiamos mejor, él también nos mira, saca sus conclusiones. Hasta inclusive podrá enamorarse, tal vez de una estudiante de arte, tal vez de cualquiera que se lo cruce. 

Por ahí cuando habla se queja a su creador que le hico una nariz poco favorecedora, o por ahí comenta junto a otras cabezas su recorrido escolar, quizá relata poesía, quizá canta en silencio.

Su sabiduría es inmensa, pero su humildad aún mayor, pues nunca nos dice lo que piensa.

De hecho su sabiduría es tan grande, que nunca se le ha podido reprochar nada de lo que ha dicho.

Ahí sigue, incoloro, pálido, monocromático, con sus perfectas facciones faciales que esperan a ser dibujadas magistralmente o a ser vulgarmente arruinadas con falsos bigotes, grandes anteojos y ceños fruncidos.

Totalmente dependiente de una buena seguridad por parte de su cuidador, espera sin enojarse ni ponerse demasiado feliz (o por lo menos no lo demuestra) ser llevado y expuesto ante la mirada de burlones jóvenes que lo mirarán solo para buscar una nota numérica en la planilla y no para descubrir las impresionantes ideas que posee y que no logran interpretar.

Quizá guste de la lectura. Se interesará al ver las portadas con imágenes del imponente David, se preguntará preocupado y curioso de qué se tratará "Los seis Napoleones" de un tal Conan Doyle.

Él espera quieto, aún no ha querido moverse o hacerse escuchar. Seguramente cuando lo haga, revelará al mundo las dudas existenciales, nos dirá si en su lecho de quietud y silencio se encuentra realmente la paz o si lo que de verdad desea es ser un talentoso bailarín, un potente y emotivo cantor o simplemente ganará su vida como estatua viviente en las plazas de la ciudad.