3.5.10

Cuando era chiquito, jugaba con los autitos a fricción que seguramente al poco tiempo de comprados iban a morir aplastados por mi propio pie o tragados por alguna rejilla mal cerrada.

Pero uno no murió, se escapó. Me excedí en llevarlo hacia atrás y salió demasiado hacia adelante.
Entonces lo seguí. Me llevó por todos lados, vi muchas cosas, perdí otras en el camino, conocí muchas personas (algunas hermosas, otras detestables), en fin: formé una vida, buena o mala, coherente o no, interesante o aburrida, dichosa o penosa, una vida.

Pero quizás lo más interesante es que el pequeño juguetito a fricción no se estaba yendo a ningún lado, se había quedado trabado debajo del ropero, mi vieja lo encontró y lo puso en una caja. Entonces dejé de seguirlo, pero no cesé mi andar porque me interesaba más ver qué iba a pasarme, que conocer qué le iba a suceder al autito.

Hoy encontré ese autito. Entiendo ahora que mi verdadera búsqueda no era seguir un objetivo sino el ver cómo se forma.
El juguetito se había atascado y yo seguí seguí derecho. Creo que mal no me fue.

Tal vez por curiosidad lo tire de nuevo, a ver cómo (lo) sigo.