Juan Salvo me mira intensamente a través de su escafandra mientras el General Perón sonríe con los brazos en alto a mi izquierda junto a los retratos serios de Tupac Amaru, Manuel Belgrano, San Martín y Bolivar, la risa militante de Darío y el discurso emotivo de Eva. Observo las fotografías tomadas en Aluminé que me incitan a dignarme a hacer un espacio e ir con la reflex a algún lado y sacarme las ganas. La carpeta abierta de contabilidad me llama con gran parte de sus hojas escritas con resaltador naranja por mis compañeros y con los ganchos notoriamente desalineados e imprecisamente cerrados.
Sólo se escucha el sonar de las teclas bajo mis dedos y el un tanto cansador zumbido del cpu.
Se detiene por un momento mi escribir para pensar en lo que viene, lo que debería estar haciendo y lo que debí haber hecho. Algunas de estas cosas merecen una amplia reflexión, otras son solo malos y/o buenos recuerdos.
Se escuchan los pasos raudos por la escalera del edificio acompañados por gritos imperativos hacia el perro que sube resbalando por los escalones.
El silencio reina nuevamente y la inspiración se reduce solo a lo que puedo imaginar o a los objetos simbólicos o meramente inútiles que me rodean.
Trueno mis dedos, mal habito que supo ser constante en una etapa muy nerviosa de mi vida. Lamentablemente otros gestos reiterados me persiguieron hasta hace unos pocos meses. Pero si mi pelo continúa creciendo (cosa que indefectiblemente sucederá) volverán.
La improvisación que no deseaba se convierte en la principal y mayor fuente literaria en este texto que fue ideado como una descripción que, ahora que lo pienso, ha sido lo que realmente le está dando un atractivo a dicho escrito.
Continúo.
La silla negra cuyo respaldo está casi quebrado y cuyas ruedas han rayado casi por completo los tablones de madera que conforman el piso de mi habitación, cruje fuertemente ante mi calmo pero no por eso menos brusco movimiento de cruce de piernas. El teclado del mismo color, se recuesta sobre mi rodilla derecha un tanto dolida por el roce constante de un raspón en este lugar con el joggin.
La improvisación se afirma y no se retirará sin dar batalla de este humilde artículo.
Visto y considerando dicha situación, me decido por utilizarla pero intentando cambiar la descripción por algún otro recurso literario un poco más llamativo.
Se presenta entonces una situación no conflictiva pero sí un poco incómoda ante la llegada de mi madre, con la cual no tengo problemas de ningún tipo pero no ahorra consejos al momento de conocer mi delesnable calificación en inglés que no baja del 3,87 pero tampoco logra superar el 3,89. Es rotundo el fracaso ante esta materia que si bien nunca fue de mi agrado, siempre supe resolver de tal forma de que la nota supere el 6 o por lo menos no descienda del 5, lo que me da aire para levantarla. Pero este preocupante pero no menos justificado 3,88 da cuenta de la inentendible o inexistente concentración que poseía en la/s semanas de la evaluación.
La escritura influye en gran parte en esta falta de un estudio adecuado que me permita llevar adelante las cosas que debo encaminar de buena manera, como el colegio. Esto tiene sus pros y contras como todo. Pero específicamente este contra opaca a la mayoría de los pros que se podrían contar.
Quede claro que no voy a dejar de escribir.
Luego de comer, manifiesto mi agrado por la reacción de mi vieja ante las malas noticias, que es con una medida sorpresa, con una no extrema preocupación, con gran entendimiento, pero a la vez con el necesario pedido de concentración que me merezco. Ni por asomo se vislumbra ningún tipo de posible castigo ni sanción. Amo a mi vieja.
La longitud de la entrada y la imperiosa necesidad de estudiar me exigen su finalización.
Espero que haya sido placentero o por lo menos que haya/n llegado a esta frase sin necesidad de mover la ruedita del mouse y con las anteriores líneas leídas (no necesariamente analizadas y/o reflexionadas).