18.8.10

Un relámpago aislado irrumpe en la tranquila noche de invierno. Ilumina a su paso el inmenso cielo que actúa de fondo para la poética silueta de una pequeña casa campestre rodeada de árboles en algún lugar de la nada.
Mira por la ventana sin alcanzar el rayo que divide en dos el firmamento y se vuelve hacia la pava que ya hecha humo avisando que el agua está lista. Ceba unos mates para él y su compañera que hacen la sobremesa luego de una humilde cena de puchero. Comienzan a sonar de a uno los timbres vecinos hasta dar en el de su casa.
-Vamos. -dice ella.
Él la mira fijamente con ojos tristes apoyando el mate sobre la mesa.
-No quiero.
-Vos sabés que yo tampoco. -se acerca y toma su mano mientras lo abraza con la mirada.- Vamos.
Cargan en sus hombros sus mochilas y comienzan a caminar mirando de reojo hacia el umbral que no han de volver a ver en mucho tiempo o tal vez nunca.
Un auto los espera a la vuelta de la esquina. Es azul oscuro y está conducido por un hombre que se arropa con toda prenda que encuentre para hacerle frente al frío. Ellos se acurrucan abrazados en el asiento trasero. Derraman una lágrima que rápidamente enjugan con su antebrazo. Arranca en medio de la oscura calle mientras unas pocas cuadras detrás se puede escuchar como un patrullero estaciona frente a la casa abandonada.
La ruta está seca pero no tardará en empaparse. Miran a través del vidrio empañado como se reiteran los destellos explosivos cada vez más lejos. Ella atiende como pasan los faroles a su lado haciéndola dormitar. El conductor no los ha mirado en ningún momento. Sólo ha reparado en el camino anterior y siguiente atento a cualquier inconveniente que velozmente deberá ser solucionado.
Luego de un par de horas de viaje. El chofer los despierta violentamente y les indica el camino de tierra que deberán recorrer a pie.
El barro les llega a los tobillos y el cansancio los detiene un momento.
Por fin llegan. Dentro sólo hay una cama dura y una mesa con dos sillas encima. Dejan las mochilas a un costado y se acuestan pegados para contrarrestar el gélido aire que los rodea.
Duermen un unas pocas horas.
El sonido de una sirena se hace escuchar a lo lejos y toma fuerza a medida que se acerca. Pronto ya está en el lugar. El portazo de la patrulla hace eco.
-Estan aquí. -dice llorando.
El amanecer irrumpe en la tranquila madrugada de invierno. Ilumina con su llegada el inmenso cielo que actúa de fondo para la poética silueta de una pequeña casa campestre rodeada de árboles en algún lugar de la nada.