17.1.11

Las cuatro entradas que le siguen a ésta fueron escritas en Iruya, Salta y dan nacimiento a una nueva etiqueta (lo cual no es reelevante ni mucho menos). A 2700 metros sobre el nivel del mar, el pueble está cercado por montañas y tiene algo así como 4500 habitantes. Las calles están empedradas y son empinadas a tal punto que los autos no pueden subir ni bajar y a los transeúntes les hace realizar un importante esfuerzo corporal ir al almacén.
Precisamente el cuarto donde se redactaron es descripto en uno de los cuatro textos.
A mí parecer, no son de lo mejor pero están bastante bien como para rellenar un poco el espacio que me brinda blogspot.

Espero que las disfruten tanto como yo disfruté el hacer algo en medio del aburrimiento.
Los garabatos cercan el cuadro de renglones que posee mi cuadernillo, un cóndor llama la atención con su vuelo.
No hacía mucho que había llegado, pero esos pocos días le bastaron para conocer mucha gente. De todo tipo, de todos lados. Y en especial a un hombre que siempre estaba en el mismo lugar, nunca se movía de su posición recostada sobre el marco de la puerta de la puerta de una humilde casa. Pasaban los lugareños, los turistas extranjeros, los mochileros y gran cantidad de jóvenes ebrios. A algunos les respodía el saludo, a otros, no. Una vez se me dio por darle los buenos días y recibí una sonrisa y un movimiento de afirmación con la cabeza.
Un día pasó frente a él un pequeño con la cara sucia y los pantalones embarrados. Limpiaba sus manos con su sweater amarillo. Ese día el hombre canoso, de ropa gastada y pocas palabras, dejó la puerta de su hogar, tomó de la mano al niño y se fue a caminar con él.
Los que fueron al siguiente año dicen que no lo vieron. Sólo una muchacha dijo que un niño de sweater amarillo llevaba flores a una humilde casa abandonada.
19, 21 , ¡24! Exceso de sinceridad, así se resume -una vez más-. Todo se desvanece ante la realidad tan sorprendente como cierta.
No faltaba nada, el trabajo estaba echo. Pero el alcohol no la pudo hacer olvidar del dato de mi edad. Quizás si su hermano fuese unos años menor, quizás si hubiese tomado un poco más de Fernet, tal vez si su amiga catalana hubiera estado presente, o simplemente si aquella vez que nos conocimos le hubiese mentido, en lugar de alardear de mi corta e hipócrita minoría de edad.
Un cuadrado y dos camas, una ventana al río seco y otra a una improvisada terraza donde tres mochileros toman mate y discuten acerca de la cena.
Un fuerte estruendo estremece la habitación. Algo ha caído sobre sobre el techo de chapa y ha despertado a mi madre de la corta siesta que pronto retoma. El silencio se hace oír entre medio del canto de los pájaros. Un joven hace rodar la birome sobre el papel mientras la pelota de goma rebota en la pared y le hace acordar a su amado club del cual no tiene noticias hace días. Reflexiona acerca del destino de sus escritos.
Cuando la nada acecha, el todo aparece. Mentalmente, creamos una infinidad de objetos personas y lugares que sabemos que allí, en la nada, no vamos a encontrar.
Los caminos se aparecen por doquier, pero solo seguimos uno, que generalmente creemos nos va a llevar a ese todo imaginado. A veces llegamos, respiramos aliviados con la certeza de que está presente todo eso que imaginamos, y a veces solo continuamos ese viaje por la interminable nada. Pero seguimos porque confiamos en nuestras invenciones surgidas de la desesperación.