Los garabatos cercan el cuadro de renglones que posee mi cuadernillo, un cóndor llama la atención con su vuelo.
No hacía mucho que había llegado, pero esos pocos días le bastaron para conocer mucha gente. De todo tipo, de todos lados. Y en especial a un hombre que siempre estaba en el mismo lugar, nunca se movía de su posición recostada sobre el marco de la puerta de la puerta de una humilde casa. Pasaban los lugareños, los turistas extranjeros, los mochileros y gran cantidad de jóvenes ebrios. A algunos les respodía el saludo, a otros, no. Una vez se me dio por darle los buenos días y recibí una sonrisa y un movimiento de afirmación con la cabeza.
Un día pasó frente a él un pequeño con la cara sucia y los pantalones embarrados. Limpiaba sus manos con su sweater amarillo. Ese día el hombre canoso, de ropa gastada y pocas palabras, dejó la puerta de su hogar, tomó de la mano al niño y se fue a caminar con él.
Los que fueron al siguiente año dicen que no lo vieron. Sólo una muchacha dijo que un niño de sweater amarillo llevaba flores a una humilde casa abandonada.