No voy a cometer la nimiedad de insultar a esta estación puesto que nada puedo hacer para evitar su llegada ni su impacto climatológico (por lo menos, no voy a hacerlo públicamente).
Pero sí voy a manifestar mi gran desagrado por la agobiación constante y sonante y por el profunda repugnancia hacia el maldito fenómeno físico-químico que produce que durante mis viajes en colectivo quede adherido al respaldo del asiento de cuero negro recalentado por el sol y previamente empapado en sudor por algún otro pasajero que sufrió el mismo fenómeno.
O me pelo, o me mudo a Europa a putear al frío.